Una
vez más, un nuevo 24 de marzo nos propone la reflexión. El tratar de entender
para que los más jóvenes, las nuevas generaciones, comprendan.
Es
en la tarea de entender que renovamos nuestro sentimiento de dolor frente a la
magnitud del horror que nos impuso la brutalidad salvaje de los poderes
fácticos que se instalaron en nuestro país con el objetivo de desmembrar todo
reducto de resistencia social y política, para establecer un programa de saqueo
y desguace del Estado y la República, en beneficio de mezquinos intereses vernáculos
y foráneos.
En
ese afán, los ideólogos no reconocieron límites, y los ejecutores se regodearon
en la perversidad y el cinismo, cometiendo los peores crímenes en nombre de
salvaguardar “la reserva moral de la Patria”.
Como
cada 24 de marzo seguimos convencidos que el camino iniciado por Madres y
Abuelas de Plaza de Mayo, poseedoras únicas y custodias inclaudicables de la
Dignidad del Pueblo argentino en reclamo de Memoria, Verdad y Justicia
como única respuesta frente a tanta arbitrariedad criminal.
Como
estamos convencidos que es imposible comprender el 24 de marzo de 1976 si no
entendemos el 17 de octubre de 1945; si a partir de esto no tomamos dimensión
del 16 de junio y 16 de setiembre de 1955. Y tras 18 años de proscripciones,
resistencia y lucha, no dimensionamos el 25 de mayo de 1973, como la fecha en
que se comenzó a gestar el germen del último golpe de Estado cívico militar con
la explícita intensión de exterminar todo foco de resistencia y organización
social y política del pueblo argentino.
Por
casi cuatro décadas nos inundó el dolor por las bombas, los fusilamientos, las
torturas y vejaciones, los desaparecidos y apropiados, los vuelos a la muerte,
el hambre y la miseria que impusieron al pueblo sin defensa; y a pesar de ese
dolor renovábamos el convencimiento de que no nos habían vencido. Todos los
compañeros muertos y desaparecidos merecían justificaban y reclamaban que
sostuviéramos todas nuestras banderas de independencia económica y soberanía
política para alcanzar y establecer definitivamente los principios de Justicia
Social.
Desde
hace casi nueve años, el sentimiento y el compromiso siguen intactos en muchos
de nosotros. Pero también en muchos de nosotros se suma una nueva tristeza al
comprobar que la misma extrema derecha de nuestro país, que motorizaba desde
las sombras las dictaduras para someter al Pueblo, llegan al gobierno empujados
por el voto de la ciudadanía. Tímidamente en el 2015; brutalmente ocho años
después.
Este
hecho debe hacernos comprender que hemos sido derrotados en el terreno de la
batalla cultural, y a través de ésta vedarnos el terreno de las realizaciones
prácticas. El enemigo construyó las armas, sin balas, sin grupos de tareas, sin
centros clandestinos, sin secuestros, para desmembrar la Justicia y desde esa
trinchera destruir la política, que es la única herramienta con la que cuenta
el Pueblo para organizar su realidad y construir su futuro. Un prolongado plan
de devastación moral y social que finalmente nos coloca en el cepo de la no
reacción.
La
pregunta que surge es obligada: ¿en qué fallamos?
Colocar
la responsabilidad en el enemigo es cómodo y conveniente, pero es erróneo.
Fallamos
al guardar silencio tanto tiempo frente a la morbosidad del horror, y no
transmitir la historia que hoy es interesadamente tergiversada y ocultada.
Fallamos
en la construcción de militancia y formación de cuadros políticos que hicieran
propios los principios de la Justicia Social, no como parte de un discurso sino
como objetivo irrenunciable de todo proyecto político.
Fallamos
al no lograr impedir que se naturalizara la creencia de que un cargo de
representación política puede ser un excelente medio para vivir de la función
pública, abandonando el compromiso y convencimiento de que es una herramienta al
servicio del conjunto de la sociedad.
Fallamos
al naturalizar y permitir que la declamación es más importante que los hechos.
Fallamos
al naturalizar que nuestros cuasi representantes sean abrazados más fácilmente
por los poderes fácticos que por el Poder del Pueblo Soberano; convertidos en
disciplinados gerentes de la representación popular.
Fallamos
al no comprender que el siglo XXI nos encontraría unidos o dominados; y
volvimos a fallar al no comprender que Néstor nos mostró ese camino a la unidad
con Justicia Social.
Hoy,
frente a tanta realidad descarnada, frente a la impudicia de quienes han tomado
por asalto la República, al horror del pasado se nos suma el dolor de este
presente en el que hemos sido derrotados, y una vez más las consecuencias
recaen sobre el Pueblo.
Saberse
derrotado no implica que la lucha haya terminado, porque esta es irrenunciable.
Saberse derrotado nos ubica en el exacto lugar en que la lucha debe ser
retomada sin lugar a equívocos. El terreno del militante siempre fue escarpado
y no por eso nos detuvimos.
Nos
curamos las heridas, levantamos a nuestros compañeros, y lloramos a los que ya
no están a nuestro lado en la lucha, pero esta no termina y no tenemos la
voluntad de rendirnos.
Por
el Pueblo Soberano
Por
los 30.000 compañeros PRESENTES
Ahora
y siempre
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