domingo, 14 de abril de 2024

1976 – 24 de marzo - 2024

 

Una vez más, un nuevo 24 de marzo nos propone la reflexión. El tratar de entender para que los más jóvenes, las nuevas generaciones, comprendan.

Es en la tarea de entender que renovamos nuestro sentimiento de dolor frente a la magnitud del horror que nos impuso la brutalidad salvaje de los poderes fácticos que se instalaron en nuestro país con el objetivo de desmembrar todo reducto de resistencia social y política, para establecer un programa de saqueo y desguace del Estado y la República, en beneficio de mezquinos intereses vernáculos y foráneos.

En ese afán, los ideólogos no reconocieron límites, y los ejecutores se regodearon en la perversidad y el cinismo, cometiendo los peores crímenes en nombre de salvaguardar “la reserva moral de la Patria”.

Como cada 24 de marzo seguimos convencidos que el camino iniciado por Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, poseedoras únicas y custodias inclaudicables de la Dignidad del Pueblo argentino en reclamo de Memoria, Verdad y Justicia como única respuesta frente a tanta arbitrariedad criminal.

Como estamos convencidos que es imposible comprender el 24 de marzo de 1976 si no entendemos el 17 de octubre de 1945; si a partir de esto no tomamos dimensión del 16 de junio y 16 de setiembre de 1955. Y tras 18 años de proscripciones, resistencia y lucha, no dimensionamos el 25 de mayo de 1973, como la fecha en que se comenzó a gestar el germen del último golpe de Estado cívico militar con la explícita intensión de exterminar todo foco de resistencia y organización social y política del pueblo argentino.

Por casi cuatro décadas nos inundó el dolor por las bombas, los fusilamientos, las torturas y vejaciones, los desaparecidos y apropiados, los vuelos a la muerte, el hambre y la miseria que impusieron al pueblo sin defensa; y a pesar de ese dolor renovábamos el convencimiento de que no nos habían vencido. Todos los compañeros muertos y desaparecidos merecían justificaban y reclamaban que sostuviéramos todas nuestras banderas de independencia económica y soberanía política para alcanzar y establecer definitivamente los principios de Justicia Social.

Desde hace casi nueve años, el sentimiento y el compromiso siguen intactos en muchos de nosotros. Pero también en muchos de nosotros se suma una nueva tristeza al comprobar que la misma extrema derecha de nuestro país, que motorizaba desde las sombras las dictaduras para someter al Pueblo, llegan al gobierno empujados por el voto de la ciudadanía. Tímidamente en el 2015; brutalmente ocho años después.

Este hecho debe hacernos comprender que hemos sido derrotados en el terreno de la batalla cultural, y a través de ésta vedarnos el terreno de las realizaciones prácticas. El enemigo construyó las armas, sin balas, sin grupos de tareas, sin centros clandestinos, sin secuestros, para desmembrar la Justicia y desde esa trinchera destruir la política, que es la única herramienta con la que cuenta el Pueblo para organizar su realidad y construir su futuro. Un prolongado plan de devastación moral y social que finalmente nos coloca en el cepo de la no reacción.

La pregunta que surge es obligada: ¿en qué fallamos?

Colocar la responsabilidad en el enemigo es cómodo y conveniente, pero es erróneo.

Fallamos al guardar silencio tanto tiempo frente a la morbosidad del horror, y no transmitir la historia que hoy es interesadamente tergiversada y ocultada.

Fallamos en la construcción de militancia y formación de cuadros políticos que hicieran propios los principios de la Justicia Social, no como parte de un discurso sino como objetivo irrenunciable de todo proyecto político.

Fallamos al no lograr impedir que se naturalizara la creencia de que un cargo de representación política puede ser un excelente medio para vivir de la función pública, abandonando el compromiso y convencimiento de que es una herramienta al servicio del conjunto de la sociedad.

Fallamos al naturalizar y permitir que la declamación es más importante que los hechos.

Fallamos al naturalizar que nuestros cuasi representantes sean abrazados más fácilmente por los poderes fácticos que por el Poder del Pueblo Soberano; convertidos en disciplinados gerentes de la representación popular.

Fallamos al no comprender que el siglo XXI nos encontraría unidos o dominados; y volvimos a fallar al no comprender que Néstor nos mostró ese camino a la unidad con Justicia Social.

Hoy, frente a tanta realidad descarnada, frente a la impudicia de quienes han tomado por asalto la República, al horror del pasado se nos suma el dolor de este presente en el que hemos sido derrotados, y una vez más las consecuencias recaen sobre el Pueblo.

Saberse derrotado no implica que la lucha haya terminado, porque esta es irrenunciable. Saberse derrotado nos ubica en el exacto lugar en que la lucha debe ser retomada sin lugar a equívocos. El terreno del militante siempre fue escarpado y no por eso nos detuvimos.

Nos curamos las heridas, levantamos a nuestros compañeros, y lloramos a los que ya no están a nuestro lado en la lucha, pero esta no termina y no tenemos la voluntad de rendirnos.

Por el Pueblo Soberano

Por los 30.000 compañeros PRESENTES

Ahora y siempre

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