sábado, 13 de abril de 2024

Una batalla es cultural. La guerra es Política (9/sep/2020)

 

Cuidado con las palabras

En la batalla cultural deberíamos comenzar al elegir nuestras propias palabras. Éstas tienen una fuerza poderosa tanto para descalificar como para naturalizar las anomalías con que convivimos en lo cotidiano.

Por ejemplo, si nuestros dirigentes políticos y nuestros periodistas y comunicadores se refieren a los integrantes de la banda neoliberal cambiemita como “opositores políticos” cuando la realidad nos muestra que son una amplia y variada mafia delincuencial, sólo están legitimando y naturalizando una anomalía. Salvo en las épocas románticas de las disputas y debates con los radicales, el peronismo no tuvo ni tiene oponentes políticos; realmente tiene enemigos, que son los mismos enemigos que tiene el pueblo.

No son opositores políticos, oponentes circunstanciales. Son enemigos y así deberíamos internalizarlo.

El factor humano

El contexto en el que se plantea la batalla cultural, el campo de batalla, es la gente. Este es el terreno sobre el que, organizada psíquica y tecnológicamente opera, socava y destruye; y es el mismo sobre el que nosotros intentamos contrarrestar esta acción sicológica casi sin herramientas, sólo con convicciones.

Aquí estamos planteando la lucha en las redes sociales. Una herramienta puesta en funcionamiento, diseñada y manipulada por el enemigo. Es el que posee la “main” botonera para que todo lo que allí sucede funcione directa o indirectamente a favor de sus objetivos: No Informar; Confundir; Deshumanizar salvo en lo emocional; establecer agenda de temas que circulan por fuera de lo verdaderamente importante, necesario y urgente.

Como hombre de medios y militante político, siempre me resultó imprescindible conocer al receptor del mensaje, incluso cuando la acción es el mensaje. No sólo sus preferencias, sus intereses. Sino principalmente ¿cómo es?, ¿a quién le estoy hablando?, ¿con qué condicionamientos decodifica el mensaje?. Sin dejar nunca de lado que éste está atravesado por su condición humana, con todos sus miedos y miserias.

Por lo tanto, y por ahora al menos, en este terreno perdemos. Nuestro esfuerzo es necesario, pero pienso que seguirá siendo sin resultados significativos que aporten a nuestros objetivos de liberación de las mentes.

El campo de la batalla es la política

La contienda mediática comunicacional (incluidas las redes sociales) es desmesuradamente desigual. Perdemos. Pero tenemos y conocemos dos terrenos para dar la pelea y equilibrar las fuerzas: la Política, y la Calle.

No olvidemos nunca que somos peronistas y lo que esto significa, y lograremos respirar en nuestro espacio natural sin asfixiarnos en las marismas de las redes sociales.

En lo político y social, contamos con todo el andamiaje doctrinario que las demás expresiones políticas no tienen (mucho menos el neoliberalismo mafioso que ni siquiera constituye una expresión política). Esto es, alcanzar el objetivo central de lograr la felicidad del pueblo y la grandeza de la patria mediante la soberanía política, la independencia económica para establecer todos los parámetros de la Justicia Social. Esa es nuestra Fortaleza.

Nuestra Debilidad política radica en los peronistas que no son peronistas; en los dirigentes sociales y representantes políticos que no representan a quienes los colocan en esos lugares de conducción y representación, no representan a quienes los votan. En un sistema institucional representativo en el que el pueblo, el Soberano, no está representado, la democracia y la institucionalidad son imposibles y defectuosas. La naturalización de esta anomalía crea el espacio propicio para la aventura política de las mafias y el Estado desaparece en todos sus roles indelegables.

La batalla es cultural; la guerra es política

La guerra se gana con dirigentes convencidos y comprometidos con la tarea, seducidos por la Historia, fortalecidos por la energía y el sostén del pueblo en las calles. Hace falta una profunda reforma política que surja del pueblo y genere representatividad real.

Los hechos más recientes nos demuestran esta afirmación. Hace unos meses atrás compartí un posteo en el que manifestaba mi desconcierto por no poder definir el momento exacto de nuestra historia en el que un representante del pueblo comenzó a ser más barato que una bala. Cristina nos demuestra que esto no es así, y que con herramientas políticas y convencimiento de yegua se puede enfrentar al Poder fáctico. Y parece estar sola. Por eso el convencimiento del enemigo al elucubrar que si eliminan a Cristina se acabó el peronismo y toda posibilidad de resistencia para sus planes delincuenciales.

Amigos, compañeros, militantes y kiosqueros

Suele ser un error común, de ejecución continua, colocar el origen de nuestros males y fracasos en otro, en un tercero. Sin detenernos un poco a pensar qué parte de responsabilidad nos toca en cada caso. No damos lugar a la reflexión, no creamos nuestro espacio para la auto crítica, no habilitamos los espacios para el debate.

Está establecido en el juego de ajedrez un principio que es de fundamental entendimiento, porque de lo contrario no podremos avanzar en la construcción de nuestro juego: “No podemos comenzar a ganar si no sabemos ni comprendemos por qué perdemos”. En ajedrez gana el que comete menos errores y pierde el último que se equivoca; por lo que dedicamos más tiempo a identificar y conocer nuestros errores que a descubrir combinaciones brillantes. Si queremos comenzar a ganar, primero debemos saber por qué perdemos; qué está mal en nuestro juego.

Macri, el neoliberalismo más salvaje, la derecha no peronista (en lo que a mí respecta la derecha no es peronista), la oligarquía, han sido y son la excusa perfecta para justificar nuestros fracasos y limitaciones. Pero ante la mirada crítica no pudieron ni pueden ocultar las verdaderas razones que parten de nosotros mismos (como conjunto) y son la verdadera causa de nuestros fracasos políticos. En cuanto a las limitaciones, sólo hace falta justificarlas para verdaderamente tenerlas.

Los partidos políticos ya no son los partidos políticos. No son una herramienta de formación y cohesión política, sino que se han convertido simplemente en un sello de goma para la habilitación de las aspiraciones electorales sin contenido doctrinario ni compromiso político. Pedir fidelidad y lealtad partidaria sin exigir en la misma medida una lealtad doctrinaria es sólo disciplinamiento, y si hay algo que no debemos ser es precisamente disciplinados. “No queremos tropa, queremos militantes activos y presentes que nos ayuden a equivocarnos lo menos posible”.

¿Sentido corporativo o espíritu de cuerpo?

En una corporación se establecen patrones repetitivos que determinan cómo se hacen las cosas. Estos patrones se nutren de manera instintiva y repetitiva, por hábitos y emociones compartidos; y se establecen desde un mandato superior.

En cambio, el espíritu de cuerpo, el sentimiento de unidad y cohesión por parte de sus miembros, se caracteriza por la identificación que los miembros del grupo tienen entre sí, su preocupación por el bienestar de los demás, el mutuo sentimiento de pertenencia y un cierto sentido de objetivos comunes (para un compañero no hay nada mejor que otro compañero, para una compañera no hay nada mejor que otra compañera).

Cuando los dirigentes políticos o sociales no comprenden esto último y transitan por los cargos electivos o políticos desencajados del marco ideológico ocupándose sólo de sus negocios (su carrera política se transforma en un negocio) convirtiendo el Partido Político en una estructura corporativa, dejan de ser hombres y mujeres de la política para devenir en kiosqueros.

Cuando los militantes devienen en militantes rentados, se convierten en kiosqueros.

Cuando los funcionarios públicos abandonan la militancia al acceder a sus cargos, evidentemente se convierten en kiosqueros.

Y todos estos se olvidan que el kiosco y todo lo que contiene es del pueblo.

Con los dirigentes a la cabeza, o con la cabeza de los dirigentes

Tenemos que volver a reconstruir el espacio de los militantes, de los cuadros, tenemos que volver a valorar la política y no queremos que se repita la mecánica casi empresaria de la política que tiende a acordarse de los amigos y de los compañeros para utilizarlos en cuestiones electorales.

No queremos ayudar a conjugar y a que todo el mundo nos diga que sí, a tener tropas “disciplinadas”, como se estila. Queremos tener compañeros que piensen, que nos digan la verdad, que tengan capacidad transgresora, que ayuden a equivocarnos lo menos posible.

También cuando hay una masa crítica que piensa, que elabora, que participa, evita que aquellos que tenemos que ir a cumplir responsabilidades nos creamos más de lo que somos y nos olvidemos de dónde venimos y para qué venimos.

Queremos nuevamente que los locales políticos no sean lugares de “trenzas”, o que no sean lugares -para definirlos con toda exactitud- donde nos juntemos solamente a tomar unos vinos o a comer asados. Queremos que los lugares políticos sean lugares de meditación, de formación, de conciencia cívica, que tiendan a consolidar una Argentina diferente.

Tenemos que dejar de sentir vergüenza de las cosas que defendemos, nos quieren hacer sentir a veces que son posturas que deben ser “revisadas” en nombre de la supuesta racionalidad. ¿Qué es la racionalidad, amigos y amigas, compañeras y compañeros? ¿La racionalidad es bajar la cabeza, acordar cualquier cosa pactando disciplinada y educadamente con determinados intereses, y sumar y sumar excluidos, sumar y sumar desocupados, sumar y sumar argentinos que van quedando sin ninguna posibilidad? ¿O la racionalidad es trabajar con responsabilidad, seriedad, con fuerzas para abrir las puertas de la producción, del trabajo y del estudio para todos los argentinos? Yo quiero adherir a este tipo de racionalidad, es la única racionalidad viable que nosotros tenemos para poder realizarnos.

Cuando veo que algunos se desesperan por tratar de mostrarse y existir en la vida política o haciendo oficialismo cerrado o haciendo oposición por oposición para figurar en los diarios, digo ¿no se dan cuenta, no caminan la Argentina? Cuando vamos barrio a barrio, provincia a provincia, vemos miles y millones de compañeros, de hermanos y hermanas argentinas que nos miran con lágrimas en los ojos, en el olvido a que han sido sometidos. ¿Por qué no dejamos de jugar a la política corta y escribimos la historia grande de una Argentina que nos contenga a todos?.

Si volvemos a Néstor, Néstor Vive.

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