“Somos
una familia numerosa. Siempre lo fuimos. Hemos tenido muchas dificultades, pero
siempre contamos con recursos para superarlas, sobre todo humanos.
Nuestra
tierra era la posesión más preciada, y sobre ella construimos nuestra casa, con
la cantidad suficiente de ambientes como para vivir sin lujos pero cómodamente.
Primero
fue lo básico para alumbrarnos, cocinar y calentarnos en las noches de frío.
Pero nuestras tierras nos ofrecían recursos como para mejorar la provisión de
estas necesidades.
Primero, entre todos,
poniendo cada uno lo que tenía, hicimos un digestor de residuos para generar
gas, y con las válvulas y caños necesarios hicimos el tendido hacia la casa,
resolviendo así calefacción y cocina. Entre tanto, identificamos el mejor lugar
del río para hacer una represa que tuviera contener la cantidad de agua que al
pasar forzada por una turbina nos sirviera para generar energía hidroeléctrica
y también construimos el tendido hasta la casa y resolvimos así otro servicio
esencial para mejorar la calidad de vida de toda la familia.
Nosotros nos ocupábamos de
todo lo concerniente a la provisión de gas y electricidad, pero la comodidad y
el pensar que necesitábamos más tiempo libre para desarrollar otras actividades
nos hizo pensar, y creer, que si le encargamos esta tarea a un tercero por
fuera de la familia, pagándole por su trabajo de mantenimiento, contaríamos con
ese tiempo que aún no sabíamos en qué lo íbamos a utilizar.
Hicimos el contrato con el
tercero y este tomó posesión de todo lo que habíamos construido con nuestros
recursos y con nuestro esfuerzo. Luego de un corto tiempo de funcionar de
acuerdo, el concesionario (el tercero que no era de la familia) comenzó a multiplicar
las tarifas sin que esto se viera reflejado proporcionalmente en un servicio de
mejor calidad. Al contrario, sufríamos cortes permanentes del servicio.
Con el paso del tiempo,
llegamos al punto de no poder pagar lo que el concesionario nos quería cobrar
sólo por hacer la tarea de facturarnos nuestro propio servicio. Fue el momento
en que el concesionario desvió la provisión de gas y electricidad para venderlos
a otros lugares que necesitaban el servicio y podían pagarlo.
Dejamos así de tener acceso
a los servicios básicos, esenciales para nuestra calidad de vida, a pesar de
que eran nuestros. Pero cometimos el error de entregar el manejo de nuestros
recursos a un tercero que multiplicó exponencialmente sus ganancias mientras
nosotros contábamos con un poco más de tiempo para ver televisión. No pudimos
pagar más lo que nos exigían. Perdimos así nuestro gas, nuestra energía
hidroeléctrica, y en el tiempo que nos quedaba libre no pudimos seguir viendo
televisión porque este aparato, para funcionar, requiere electricidad.
La deuda acumulada alcanzó
tal monto que, para poder honrarla, nos fue embargada la casa. En un diario del
pueblo vecino publicaron la noticia, con beneplácito, ya que al no tener
vivienda ya no necesitábamos ni electricidad ni gas, ni el agua que nos proporcionaba
la canalización de nuestro río. Que ya no es nuestro”.
(Seguro puede resultar una
historia relacionable con hechos reales. Pero la Moraleja que nos deja sólo
sirve si la hacemos cada uno de nosotros sin dejar que otro la haga por uno)
MORALEJA:…
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