Cuando
los hechos aportan una contundencia inusitada, las palabras se transforman en
una herramienta por lo menos ineficaz, y la responsabilidad reflexiva nos
impone meditar y sopesar cada una de ellas.
Anoche,
todo el país fue un testigo atónito del intento de asesinar a Cristina y las
reacciones inmediatas fueron la consecuencia del estupor y el azoramiento.
Lo
inmediato parece mostrar que el accionar del atacante se encuadra dentro de las
características de un hecho aislado. Pero todos sabemos que, aunque así
parezca, no lo es.
Vivimos
en un país cuyas instituciones prohíben las manifestaciones de odio racial,
religioso, o de género y diversidades en los medios, en la calle y hasta en las
canchas de futbol; pero que nos obliga a convivir cotidianamente con los
discursos de odio a partir de calumnias y mentiras dirigidos contra Cristina
Fernández de Kirchner en particular y contra el peronismo en general.
Se
ha naturalizado en el periodismo hegemónico los ataques constantes contra la
figura política más destacada de los sectores populares, no sólo a través de
sus periodistas más “profesionales” sino también de boca de legisladores,
fiscales y jueces que utilizan un lenguaje y tonos violentos para concentrar el
daño sobre la figura de la víctima; multiplicando el efecto sobre la ciudadanía
con fuerza de cadena nacional.
Ya
son demasiados los años en los que este procedimiento de agresión se viene
sucediendo sin que nadie aporte un freno entendiendo que los diagnósticos y
voces de advertencia no sirven ni alcanzan. La libertad de prensa no
implica libertad de mentir, y libertad de expresión no es libertad de odiar y
manifestarlo a cuatro voces.
El
mensaje exasperante hasta el límite repitió veladamente el de junio de 1955
cuando la orden fue “maten a Perón”. Hoy sólo cambiaron el nombre, pero el
significado y el contenido es el mismo: “maten a Cristina”. Y esto estuvo a
punto de suceder.
No
fue sólo el arma visible a centímetros de la cara de Cristina, absolutamente
indefensa. Fue la agresión violenta de la policía de la ciudad; fueron los
cargadores con balas de plomo que se le cayeron a un efectivo de esta fuerza de
“seguridad”. Son los discursos de eliminación del opositor político
pronunciados por los integrantes de Cambiemos con Macri, Larreta, Vidal y
Bullrich y todos sus cómplices. Es la política editorial del multimedio
hegemónico que no escatima mentiras ni verdades a medias, pero nunca la verdad.
No
alcanza en este momento con solidarizarse con Cristina y repudiar el hecho,
porque el hecho es repudiable por sí. Es hora de accionar utilizando todas las
herramientas institucionales para que los responsables de generar este clima de
odio y violencia se tengan que hacer responsables frente a la Justicia (incluso
los integrantes de la justicia misma) y afrontar las consecuencias de su
desmesura, en pos de sus objetivos mezquinos e inconfesables. Es
hora de terminar con la impunidad de los generadores del odio y la violencia, y
a esto deberán abocarse nuestros legisladores. El Congreso de la Nación en
pleno, senadores y diputados en Asamblea extraordinaria, debería ya estar
reunido en busca de trazar este objetivo.
Néstor
sabía, y por eso insistía: Cuiden a Cristina.
Hoy
vemos sorprendidos por los hechos que cuidar a Cristina es cuidar la
democracia, la institucionalidad, al Pueblo y al país.
Si
volvemos a Néstor,
Néstor
vive.
No hay comentarios:
Publicar un comentario