Estas últimas cuarenta horas se han sucedido de manera
muy veloz, vertiginosamente entre reflexiones y sensaciones que se atropellan
entre sí. Realmente todo muy personal, muy mío; pero inserto en un contexto general
que abarca a todo el pueblo.
No hace cuarenta y ocho horas intentaron asesinar a
Cristina, y ante la magnitud de lo sucedido, y de lo que hubiera podido suceder
si el disparo hubiera cumplido su objetivo cobarde, sigo leyendo publicaciones
que redoblan la apuesta del odio en forma directa, o indirectamente
manifestando repudios que no repudian nada (no pueden nombrar el hecho porque
sería inconveniente a su posicionamiento político), con manifestaciones de
humor de muy mal gusto, o centrando su repudio en el feriado decretado por el
presidente de la República. No los leí repudiando el hecho que no nombran ni
repudian sinceramente.
Pienso que el atentado contra todos nosotros es un
punto de inflexión que marca un límite. Decilo. Parate frente al espejo y
mirándote a los ojos decilo en voz alta: QUISIERON MATAR A CRISTINA. ¿No te
gusta Cristina?. Entonces decí: intentaron asesinar a la vicepresidente de la
Nación, intentaron asesinar a una expresidenta.
Estoy harto de ver estas manifestaciones (me cuido de
no adjetivar) y no responder, no porque no tenga argumentos. Argumentos hay por
demás, pero están demás cuando no hay comunicación.
En lo personal también es un punto de inflexión. Se
suele sostener que no hay que perder la relación con amigos o familiares por
razones políticas. He dicho una y cien veces que no estoy de acuerdo, porque tu
definición política te define como persona, y uno es el mismo en todos lados y
circunstancia.
Hoy voy a borrar del face a muchos contactos.
A muchos porque no quiero leer sus posteos violentos e
irracionales desde mi punto de vista. (Por eso te borro de mi face y no hago
absolutamente nada para impedir que te sigas expresando, aunque lo hagas desde
el odio irracional). No son amigos, pero me indignan.
A otros, porque sus posteos ponen en riesgo el vínculo
de incipiente amistad, porque de contestarles sería muy duro, sin necesidad de
agraviar. Y esto me entristece.
Pienso que tenemos que cambiar esta realidad y que
debemos comenzar por nosotros mismos y nuestro espacio vital.
No soy creyente. Soy profundamente ateo. Pero no puedo
dejar de recordarles a los que se dicen cristianos las primeras palabras que el
Cristo pronunció a sus seguidores: si el hombre (hoy le hubieran dicho
machista) no cambia su corazón, jamás va a cambiar nada.
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